Se extingue los gritos de los tejedores de ‘zuro’
Por: Patricio Sanguano
Encachinado. Guillermo Loya, es un tejedor de canastos de 83 años. Él cuida su apariencia incluso durante el trabajo.
La camisa de cuello y puños celeste combina perfectamente con el pantalón crema de lino y el saco de paño que lleva puesto. El sombrero negro sobre su cabeza lo hace verse aún más formal.
El artesano siempre cuida su apariencia, aunque sea para el estar frente a su compañera de vida, es de las personas que está convencido que ‘como te vistes te tratan’.
Loya, es un hijo de Leticia, pero actualmente vive en Patahua, estos son barrios tradicionales de la parroquia de Cotogchoa, en el cantón Rumiñahui. Hasta allá acudimos a conocer a este personaje que podría ser el último tejedor de canastos a base de ‘zuro’.
Guillermo intentando trascender en el tiempo compartió su conocimiento sobre este arte con su cuñado Pablo Nacimba y él todavía vive, pero debido a su avanzada edad tampoco puede trabajar.
Para llegar hasta la casa de Guillermo hay que adentrarse en el poblado. Pasadas las 10:00 de una mañana superamos calles de adoquín y piedra hasta llegar a Patahua, una zona de siembra, escasamente poblada ubicada a unos 3 mil metros de altura.
En el camino un hombre montado sobre un caballo castaño, vestido de zamarro y sombrero que salió de una de las propiedades (caballerizas) nos direccionó sobre la ubicación de Guillermo Loya poniendo como referencia una capilla.
Al llegar, nos sorprendió encontrar a Guillermo en casa, según las referencias, es un hombre activo que continuamente baja a la ciudad, que ofrece el producto en las calles de la parroquia, que cuando saluda dice, “no querís una canasta”.
Su mujer sentada a la entrada de la casa nos invita a pasar, ella está pendiente de los requerimientos de su marido, es la primera admiradora de su trabajo.
La vida laboral de Guillermo lo ha dividido entre la albañilería y los últimos 30 años se ha dedicado a la elaboración de canastos con el ‘zuro’, un tipo de bambú que se lo obtiene en el páramo, al filo de las quebradas donde se cría como mala hierba.
Al interior de una casa construida por él mismo a base de bloque y bareque, en un área de dos por dos metros Guillermo inclina su cuerpo, baja la cabeza, mira hacia el piso y se pone a tejer.
Los dedos largos de ambas manos de Guillermo emulan los pasos de una bailarina, se entrecruzan tejiendo las tiras del ‘zuro’, luego al ser empatadas forman una especie de estera.
Cuando se trata de fabricar canastos para separar una arroba de papa tarda unos quince minutos, en otras de mayor capacidad como para guardar mote tarda 30 minutos y una más grande para conservar el pan hasta dos horas.
Guillermo que casi ha perdido la vista trabaja bajo pedido, para buscar el material sale a las 07:00 hacia el páramo, recorre el tapiz verde de los prados hasta una zona llamada El Taxo, baja hacia la quebrada y recoge el zuro calculando lo que va a utilizar, caso contrario se daña.
El padre de siete hijos, tres de ellos fallecidos dice que lamentablemente nadie de la casa ha heredado su oficio, que se trata de un arte que requiere gusto y sobre todo paciencia, si parte de este mundo difícilmente se volverán a ver estos canastos.
José Aldaz, esposo de una de sus hijas opina que no hay interés en aprender este oficio porque la gente paga muy poco por el canasto.
Cuestan entre 1.50, 2.00, dólares, “no representa el sacrificio que se hace para obtener el material”, dijo.
Marina Suntaxi, costurera, nativa de Cotogchoa, recordó que desde los 14 años conoció a estos artesanos, que junto a su madre que era panadera apoyaron esta iniciativa porque les era útil en el trabajo.
El ama de casa utiliza estos canastos para separar el haba, el maíz y la papa…A ella siempre le sorprendió ver las manos de estos hombres, dice que las tienen cortadas y lastimadas. Les mira fijamente a sus ojos, ‘son hombres de trabajo y un ejemplo para todos’, asegura. El Arca








